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Opinión: El Cisne negro del Covid-19

Nuestra realidad clínica ante “El Canon de Avicena”

Alberto Peralta Merino albertoperalta1963@gmail.com

El “Canon de Avicena” escrito en lengua persa con caracteres árabes hace un milenio, transmitió a la Europa medieval el antiguo saber griego de Galeno e Hipócrates.
El estudio de la ciencia médica, en términos generales”, así como su práctica, por supuesto, se desarrollaría derivando consecuencias e implicaciones de principios generales, hasta que el célebre “ heterodoxo” , al decir de Don Marcelino Menéndez y Pelayo, Miguel Cervet, descubriera por medio de la observación el fluis del torrente sanguíneo, con lo que, la medicina, daría el paso del “platonismo a empirismo, crítico, escéptico” como dijera Nassim Taleb en “El Cisne Negro”.
Miguel Cervet, a despecho de quién gusta de los estereotipos, propios del “platonismo” descrito por Taleb, que del “empirismo, crítico, escéptico”, no fue procesado y llevado a la hoguera en la España, mediterránea de la contrarreforma, sino por el mismísimo Calvino en la Ginebra del “progreso y la apertura crítica”.
A partir de la proclividad de Cervet tanto por la “herejía” como por la observación directa de los fenómenos, sino es que acaso a fin de cuentas resulten en realidad ser una y la misma cosa, se ha llegado a decir que más que una ciencia, la medicina es en realidad un arte, en el que la asistencia ante pacientes únicos e irrepetibles presente siempre soluciones imposibles de repetir en serie.
Claude Bernard, por su parte, comenzó los estudios de las terminales nerviosas y su correspondiente relación con el tejido neuronal, seguidos de manera acuciosa por el novelista Emilio Zolá, según deja entrever en la trama de “La Taberna” en la que se describe con precisión los efectos del alcoholismo en los bebedores consuetudinarios.
Por lo demás, no es “La Taberna” el único de los relatos en los que Zolá hiciera gala de sus conocimientos médicos, si hemos de atenernos a la sórdida descripción con la que retrata los estragos que deja la viruela en el rostro de “Naná”, la sensual cortesana parisina, transcrita magistralmente al castellano por la primera y más prominente de sus traductoras, la gallega Emilia Pardo Bazán.
Claude Beranrd, por su parte, extendió sus reflexiones a ámbitos más complejos que los de la neurología y de la ciencia médica en particular, dándole impulso a la observación empírica de los hechos como método por excelencia para allegarse, en general, de prácticamente cualquier tipo de conocimiento.
Nuestro sistema de salud nació bajo la premisa de atender como prioridad sanitaria el brote de enfermedades infectocontagiosas, así fue desde los tiempos de Venustiano Carranza contando con el impulso de prominentes mexicanos como Ignacio Moriones Prieto, y quedando en nuestro acervo la gran epopeya que tal labor trajo consigo, como en la novela del médico Xavier López Ferrer, adaptada por José Revueltas para la pantalla grande : “El Reboso de Soledad”.
En las últimas décadas, la observación empírica de los hechos, nos llevó a concluir que la premisa en cuestión, la que señalaba que la prioridad nacional estribaba en atender padecimiento infecciosos y contagiosos, había quedado atrás irremisiblemente y que el nuevo reto, para el que no había sido diseñado el sistema de salud y de seguridad social, estriba en atender enfermedades crónico degenerativas.
Repentinamente, surge “El Cisne Negro” del COVID 19, y nos topamos con un retrovisor que nos devuelva a la imagen de “Arturo de Córdova y Estela Inda” en la cinta de Gavaldón.
Nassim Taleb, no cabe duda, tiene mucho que ofrecer a la visión del mundo actual, orillándonos a pensar a partir de la observación detenida de hechos y circunstancias dadas, tal y como evolucionó el conocimiento de la ciencia médica a partir del “Canon de Avicena”; sobre todo, en momentos como los que corren, en los principios que habíamos considerado inconmovibles pueden ser repentinamente sacudidos desde sus cimientos.

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